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sábado, 17 de marzo de 2012

La Sirenita y la malvada bruja cirujana (Parte I)

Aviso al lector: cualquier mención al sexo que encuentre en este cuento es pura imaginación suya. Recuerde, no somos nosotros los depravados, lo es usted.


Erase que se era una bella ciudad debajo del mar. La ciudad se llamaba roca número 5 y era frecuentada por peces (¿sino qué narices iba a vivir allí?). Allí vivía una bella sirenita que se codeaba con la más alta sociedad del marisco. La sirenita era querida por todos (bien lejos). Su piel era tan suave como un estropajo después de un centrifugado, y sus ojos eran negros como las heces de las langostas.
Todas las sirenas jugaban en su keli y simulaban escuchar a su vieja, que les costaba historias acerca del mundo de la superficie.
-Ayer mismo -decía la abuelita-, el Wall Street bajó un 3,3%, hijas mías.
Todas se quedaban asombradas por su sabiduría ancestral y deseaban viajar a ese mundo.
-Como bien sabéis -continuó la abuelita-, cuando cumpláis los 15 años, os saldrán granos horrendos y podréis viajar al mundo exterior.
Así llego el día en el que a la sirenita le salieron granos, y el momento tan esperado llegó, aunque este viaje se tuvo que retrasar porque le vino el periódico (quien lo quiera entender, que lo entienda).

Al llegar la sirenita se sentó en un contenedor de residuos tóxicos que pasaba trotando alegremente por ahí.
-¡Que fuertes y viriles son!- dijo al ver un par de langostas.
De repente el cielo se cubrió de nubes y empezaron a llover hombres. La sirenita se dispuso a salvar al único que había sobrevivido a la caída. Lo llevó hasta la orilla y pasó un buen rato acariciándole y estudiando anatomía. Se había enamorado locamente de él (nooo... de la langosta).
La pobre sirenita sabía que la única manera de estar con su amado era ponerse un buen par de piernas, con sus complementos y todo. Se acordó de que el amor era ciego así que optó por arrancarse los ojos, pero más tarde se arrepintió y se los puso de nuevo.
La sirenita fue a la clínica de corporación dermoestética, dirigida por una malvada bruja. Una vez dentro, la bruja dijo:
-¡Cuernos!¡Llamad a los guardias, el pez abisal a vuelto a escaparse!- tras recapacitar un momento, dijo-. Ah, perdona querida, ¿qué querías?
-¿Me podría quitar las aletas y ponerme piernas?
-Mira hija, eso es científicamente imposible, pero bueno, haré una excepción contigo. No obstante, todo el mundo sabe que las aletas conectan directamente con las cuerdas vocales así
que, si te quito las aletas, te quedarás sin voz.
-¡Proceda!

El cuento continuará en la parte II (y no en la III, como tú esperabas).

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